Quizá la única desventaja del software libre es que, en general, es gratis. No, no es que de pronto me haya vuelto derrochador, que nunca lo fui. Pero la gratuidad del software libre suele esconder su colosal complejidad. Como ocurre con la Wikipedia, es fácil pasar por alto los costos de desarrollo, depuración, documentación, soporte y hospedaje de algunos de los programas que usamos más a menudo. LibreOffice, por ejemplo.

En 1999, Sun Microsystems, exultante en la expansiva economía que conduciría a la burbuja puntocom, compró la suite de oficina StarOffice, desarrollada en Alemania por Marco Börries y que los veteranos recordarán de la época del MS−DOS y el OS/2 Warp. Según el programador Simon Phipps, a Sun le resultaba más económico gastar entre 73,5 millones de dólares en la compañía de Börries que comprar licencias de Office para sus más de 40.000 empleados. En rigor, los números no cierran; tiene más sentido especular con que los fundadores de Sun, en particular Scott McNealy, enemigos jurados de Microsoft, preferían no tener negocios con la compañía de Bill Gates. Recuerdo a McNealy despotricando contra Microsoft ante una audiencia de más de 4000 periodistas de todo el mundo, en 1998, en Nueva York.

En todo caso, Sun empezó a ofrecer su propia versión de StarOffice (gratis para uso personal) y, a partir de 2000, hizo público su código fuente, de donde nació OpenOffice.org. Desde entonces he escrito todas mis notas y, por supuesto, mi libro Bit Bang, publicado por Editorial Atlántida en 2009, con OpenOffice y, desde 2010, con su sucesor más conocido, LibreOffice. La historia de cómo y por qué un conjunto de programadores se fueron de OpenOffice.org en 2010 y fundaron The Document Foundation para dar vida a LibreOffice, OpenOffice.org hoy está en manos de la Fundación Apache y es otra opción de paquete ofimático sin cargo. OpenOffice y LibreOffice están disponibles para Windows, Linux y Mac; existe otro derivado, exclusivo para las computadoras de Apple, llamado NeoOffice . Ambas suites ya tienen versiones preliminares para Android.

De campaña

tres años después de aquella traumática ruptura, con LibreOffice asentado y saludable, decidí mirar dentro de su estructura de costos y recursos humanos. Para eso, me puse en contacto con Italo Vignoli, miembro del directorio de The Document Foundation y encargado de relaciones con la prensa. Le pregunté cuántas personas trabajan fijas en la fundación. “The Document Foundation tiene nada más que 2 empleados, y sólo uno es full−time −me respondió, para mi asombro−. Además, hay algunas personas que contratamos como consultores, para proyectos específicos, pero el total de empleados sigue siendo de menos de 10.”

No es, se entiende, que los varios millones de líneas de código (más sobre esta cifra enseguida) de LibreOffice son escritas y mantenidas por 2 personas. De hecho, el sitio de la fundación sostiene que 781 desarrolladores han contribuido a OpenOffice.org, cuyo trabajo fue importado a LibreOffice en septiembre de 2010 .

Para el sitio de análisis, estadísticas y consulta de proyectos de código fuente abierto Ohloh (http://ohloh.net), LibreOffice es obra de 1157 programadores.

En cuanto a las líneas de código, es decir, lo que los programadores escriben en un lenguaje de alto nivel (C++, por ejemplo) y que luego se traduce al lenguaje de máquina, no es tan simple como contarlas a mano; no sólo son muchas, sino que la definición de línea de código es disputable. Así que su número se calcula mediante diferentes técnicas estadísticas.

El dato de Ohloh para el OpenOffice.org es de algo más de 23 millones de líneas, un valor que coincide con el que el director de OpenOffice para Cono Sur me había dado en su momento. En el caso de LibreOffice ese número es de 7,2 millones .

Todavía más impresionante es el valor monetario de ese corpus de código. “Suponiendo un costo de 200.000 dólares por desarrollador por año, el mismo que usa Microsoft para su Office, el código fuente de LibreOffice está bien por encima de los 400 millones de dólares −me dice Vignoli−. Por supuesto, este número no toma en consideración varios aspectos importantes del software libre, como la traducción a diferentes idiomas y el soporte técnico, que en el caso de LibreOffice está completamente basado en voluntarios. Esto podría casi duplicar el valor que acabo de mencionar.”

Que sea libre y gratis no significa, pues, que carezca de un valor económico bien concreto. Mantener el LibreOffice (o los muchos otros proyectos de su clase, como Firefox y, desde luego, cualquier distribución de Linux) cuesta dinero. Grandes cantidades de dinero.

The Document Foundation, lo mismo que Wikipedia o Ubuntu, por citar sólo dos ejemplos, lanzan regularmente campañas de recaudación de fondos en diferentes formatos, desde solicitudes formales hasta la venta de merchandising.

Solemos pasar por alto estas campañas, pero la verdad es que ninguna de estas herramientas, que en el caso de muchos de nosotros son un medio para ganarnos la vida, podría existir sin ingresos. ¿Por qué no ponerle un precio y venderlo, entonces? Porque no es así como funciona esta economía. Es justamente al revés.

“En 2013 vamos a recaudar más o menos medio millón de euros −me dice Vignoli, tras chequear los datos con el tesorero de The Document Foundation−, una mitad de ese dinero va a ser invertido durante el año que viene (todavía estamos viendo en qué) y la otra será ahorrada para inversiones futuras. Si el nivel de donaciones se mantiene, esperamos llegar a 600.000 euros en 2014.”

¿Alcanza ese dinero? ¿Es sustentable LibreOffice en el tiempo? “Con el nivel actual de donaciones y recaudación de fondos, el proyecto es sustentable, independientemente de la tasa de crecimiento, que ha sido mayor que el de los pronósticos más optimistas; un crecimiento tal sería difícil o incluso imposible de mantener sin algunos empleados con dedicación exclusiva o semi−exclusiva, cuyos salarios son pagados por medio de las donaciones”, responde Vignoli.

Es la lógica de esta economía: los números de recaudación van de la mano de la creciente popularidad de los dos paquetes ofimáticas libres, que están lejos todavía de las cifras del Office de Microsoft, pero que ya cuentan a sus usuarios por millones. Esa adopción no habría llegado nunca si estos programas no se distribuyeran sin cargo, incluso si su costo hubiera sido muy bajo. IBM −con Lotus−, Corel y hasta la misma Microsoft, con su Works, intentaron competir comercialmente con el Office, y fracasaron. Opuestamente, una tasa alta de adopción, basada en un conjunto de funciones más que generoso a costo cero, hace que las campañas de recaudación de fondos terminen resultando funcionales al proyecto.

El bazar y el comité

Ahora, ¿un proyecto de más de 7 millones de líneas de código en manos de una fundación que, en el mejor de los casos, tiene menos de 10 empleados? Éste es uno de los aspectos más notables y misteriosos del software libre, uno que Eric Raymond reveló en su magistral ensayo (originalmente, una conferencia) La catedral y el bazar.

Cuando Raymond se puso a analizar la forma en que el núcleo de Linux era desarrollado descubrió que en lugar del esquema tradicional de un arquitecto único o un número pequeño de arquitectos que centralizan todas las decisiones e implementan el código (el modelo de la Catedral), Linus Torvalds había puesto en marcha un sistema en que el desarrollo era público y masivo. De hecho, cuanto mayor fuese el número de programadores que contribuían al código, mayores eran la calidad y robustez del resultado. Raymond lo llama el modelo del Bazar, y en esta aparentemente caótica sinfonía de voces, Linus interviene sólo cuando el barullo de se vuelve inútil.

Para Raymond, Torvalds encontró una forma de sortear la ley de Brooks, que sostiene que el “costo y la complejidad de un proyecto de software es una función cuadrática de la cantidad de programadores involucrados, mientras que el trabajo realizado crece sólo linealmente”. O, dicho más simple, que añadir programadores no ayuda en nada a mejorar un proyecto de software. Torvalds demostró que sí: cuantos más ojos miran el código, más rápido se eliminan los errores. Hallazgo no menor que está en los cimientos de todos los grandes proyectos de software libre.

“El desarrollo de LibreOffice es del tipo Bazar, que es común a muchos de los proyectos de software libre −confirma Vignoli−, pero es coordinado por el Engineering Steering Committee (ESC; en español, Comité de Dirección de Ingeniería), que reúne a varias de las mentes más brillantes una vez a la semana para discutir problemas y encontrar soluciones. Además, los hackers que contribuyen al proyecto tienen su propia lista de correo, donde los rumbos del desarrollo se discuten minuciosamente para alcanzar un consenso antes de cada nuevo paso. Por ejemplo, cuando el ESC propuso cambiar (para bien) ciertas interfaces de programación de aplicaciones (o API, por sus siglas en inglés) en LibreOffice 4.0, esto se discutió en la lista de correo para aclarar todas las dudas.”

Las gráficas de actividad de OpenOffice/LibreOffice en Ohloh muestran dos picos notables en 2006 y 2008. Le pregunto por esto a Vignoli, y su respuesta echa luz sobre los diferentes estilos de desarrollo de uno y otro grupo. “Estos picos de actividad están relacionados con OpenOffice.org, del que en 2010 se derivó LibreOffice −me explica−. El desarrollo de nuevas versiones mayores en OpenOffice.org estaba organizado en ramas, que se combinaban con el código maestro en una sola tanda. Esos dos picos corresponden, respectivamente, a OpenOffice 2.0 (en 2006) y OpenOffice 3.0 (en 2008), cuando todas las nuevas características desarrolladas en varias ramas fueron combinadas a la vez, lo que resulta en un pico de actividad.

“El desarrollo se organiza de una forma completamente diferente en LibreOffice. Los cambios son combinados con el código principal dentro de las 3 semanas (a más tardar). Esto hace que el promedio de actividad por mes sea mayor, y no se ven esos picos artificiales.”

Tomado de: Artículo publicado por periodista Ariel Torres en el sitio http://www.lanacion.com.ar/



El autor de este artículo es Carlos Parra Zaldivar y forma parte de Libreoffice Cuba desde el 6 Diciembre, 2013. Nací en la ciudad de Holguín, en el año 1961, estudié la secundaria y el preuniversitario en la Escuela Militar "Camilo Cienfuegos". Me gradué como Licenciado en Física y Astronomía en el año 1985 y comencé mi vida laboral en el IPVCE "José Martí Pérez" de la ciudad de Holguín, impartiendo la asignatura de Física, en el año 1986 comienzan mis incursiones en el mundo de la informática, en el año 1997 presenté un Libro de Física con aplicaciones informáticas en el Evento Internacional de Pedagogía ´97. Desde ese año me desempeño como informático y trabajo desde entonces en la Dirección Provincial de Servicios Comunales en la ciudad de Holguín. Desde el 1ro. de Enero del 2015 soy Miembro de The Document Foundation.

Un comentario en el artículo “Es gratis, pero vale US$ 400 millones”

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